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En mi familia, el álbum de fotos es un museo de ficciones y realidades. La pieza estrella es un recorte de periódico de 1968 donde mis padres, jóvenes y sonrientes, pasean del brazo por la Alameda Central. El pie de foto reza: «¡SE PUEDEN LLEVAR BIEN LOS FUTUROS POLITECNICOS Y LA UNIVERSITARIAS! (Como ellos dos que son novios y próximos a casarse)» (sic). Lo curioso es que yo, el hijo menor, nací en septiembre de 1967, y la foto, según el testimonio de los protagonistas, es de 1963. Es decir: los medios no solo mintieron sobre la paz estudiantil ese año, sino que hasta tomaron fotos de archivo para fingir armonía. Y mis padres, sin saberlo, fueron cómplices del engaño, posando como si el 2 de octubre fuera un mal chiste y no una herida nacional.
Pero la cereza del pastel vino décadas después, cuando encontré otra nota:

«¡Nevó en el DF en enero de 1967!».
Ahí, entre el café de sobremesa, solté mi trampa:
—Mamá, ¿estás segura de que fui ochomesino?
—Claro, pendejo. Sí sé contar, pero venías con prisa —dijo, inocente como estatua.
—Ah, qué alivio —respondí, enseñando a mis padres la nota de la nevada—. Porque si nevó en enero del 67 y yo nací en septiembre, mmmm… ¡Aaaah!…soy hijo de Elsa de Frozen y de un muñeco de nieve!
Mis padres cruzaron una mirada fugaz, esa que solo tienen los conspiradores o los que pagaron un soborno al registro civil. Entonces, mi madre, con esa dignidad de quien defiende un tesoro familiar, añadió:
—Los tres fueron muy deseados. Los hicimos con mucho amor.
—Lo sé mamá, no tengo problema con alguno con eso —dije, sonriendo como villano de telenovela—. Pero estoy consciente yo soy el colado, el volado, el que fue concebido por el frío invernal y una nevada… Y no me quejo. ¡Qué afortunado soy! Gracias a ese día histórico, aquí estoy.
Mi padre tosió. Mi madre cambió de tema hablando de que se va a tirar la leche en la estufa. Y yo, entre risas, entendí que en esta casa hasta la biografía es un relato editado. Pero, eso sí, editado con mucho cariño.
Hoy, cada que veo esa foto, pienso en lo fácil que es reescribir la historia: un recorte aquí, una nevada allá, y listo: mis padres son héroes románticos de un México que jamás existió, y yo, el milagro de un invierno que alguien nunca quiso comentar. Eso sí, un milagro muy planeado… según ellos.
En este país, hasta los álbumes familiares tienen agendas políticas. Y la familia jamás olvida y si no me creen, pregúntenle a mi hermana, que aún guarda rencor por los golpes de box que le di «por órdenes del tío». «Al menos a mí no me pusieron una camisa de fuerza» me dice… «por ahora», cavilo .
P.D.: A mis padres: Nunca tuvieron de que preocuparse; yo sé que fui deseado. Aunque la nevada suene a excusa no deseada.
foto de portada: Álbum familia Ruiz Barroso, interior: FB ingeniería UNAM.
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