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Porque en México hasta las reuniones familiares tienen round de sombra, cornermen improvisados y un tío que apuesta más a los golpes que a los goles.
En aquellos años en que ser niño significaba heredar las obsesiones de los adultos, mis tíos Santiago y Juan decidieron que mi destino sería una mezcla absurda de boxeador y fanático del fútbol. Santiago, americanista hasta la médula —color de huesos incluido—, nos compró a mi hermano y a mí el uniforme completo del América. Lo usé una vez, para una foto que hoy parece la escena de un secuestro: yo, tieso como poste, apretando los puños y mirando la cámara como si el jersey crema me picara. El tío Juan, en cambio, era de esas personas que creen que las Chivas son una orden religiosa. Dicen que rechazó jugar en primera división, en un equipo que no eran las Chivas, porque “solo el Rebaño es sagrado”, aunque sospecho que en realidad le daba miedo dejar de ser leyenda en los partidos de la colonia Santa María la Ribera, donde todos mis tíos tenían fama de ser “buenos pa’l trompo”. Traducción: borraban a golpes a cualquiera que les llevara la contraria.
El tío Santiago, no contento con vestirme de futbolista, un día llegó con unos guantes de box para niños. “Te voy a enseñar a defenderte”, dijo, como si en la primaria me esperara un campeonato de peleas callejeras. A los cinco años, yo ya sabía hacer jabs, esquivar cabezazos y lanzar ganchos que, según él, “podrían noquear a un perro callejero”. Claro, nadie le explicó que mi hermana —flaca como alambre y dos años mayor— no entraba en esa categoría.
El domingo del desastre, parte la familia fuimos al parque. Mis tíos mencionados ademas de Male y Luis – los hermanos más pequeños de mi papá, que nunca les he dicho tíos- , mi hermana, mi hermano y yo éramos un ejército de mediocridad futbolera. Hasta que alguien le pasó la pelota a mi hermana. Entonces, mi tío Juan, con el humor sadomasoquista que caracteriza a ciertos tíos, me gritó: “¡Atácala!”. Y yo, obediente como zombi en autopsia, me planté frente a ella. Calculé la distancia, apreté los puños (mentalmente me puse los guantes invisibles) y le solté un jab izquierdo. Mi hermana, que pesaba menos que una bolsa de pan Bimbo, se tambaleó. Envalentonado, seguí con un gancho derecho y un recto al estómago: el combo 1-2-3 que mi tío me había enseñado para “casos de emergencia”.
Lo que pasó después fue un caos digno de carpa circense. En la primer pista; mi hermana lloraba como si la hubieran sacrificado, en alguna guerra florida, en el Templo Mayor, en la segunda pista; mis tíos se reían a carcajadas —mi tío Juan rodaba por el pastizal, ahogándose en su propia saliva—, y en la tercer pista; mi hermano intentaba no orinarse de la risa. Al volver a casa, mis padres y mi abuela nos recibieron con la pregunta clásica: “¿Qué hicieron?”. Mi hermana, entre hipos, se aferró a las faldas de mi mamá, mientras yo, sudando gloria, declaraba: “Pero… es que yo… me dijeron que la atacara… ¡y la ataqué!”.
Hoy, mi familia revive el episodio frecuentemente. Mis tíos nunca se cansaron de imitar mis golpes de boxeador en ciernes. Mi hermana jura que esos tres hits fueron de los peores golpes de su infancia. Y yo, que sigo sin ver un partido de fútbol completo —el sueño me vence al minuto 15—, me pregunto si aquella tarde no habría sido mejor quedarme en casa, disfrazado de Ultraman. Al menos él no tenía tíos con ideas brillantes.
foto de portada: Álbum de la familia Ruiz Barroso
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