Me encontraba siguiendo las incidencias de la misión Artemis II a través de la pantalla. Todo marchaba conforme a lo previsto hasta que sobrevino una situación irregular en el cronómetro. Al llegar al minuto diez, los técnicos —que seguramente son ingenieros de gran prestigio— decidieron hacer una pausa para una revisión de último momento. Yo tenía la taquicardia propia de quien espera un evento histórico o, al menos, un buen espectáculo pirotécnico.


En ese preciso instante, vi pasar a la vecina. Caminaba con unos aparatos en los oídos -audífonos les llaman- y la vista clavada en su teléfono móvil. Era evidente que su interés por la conquista del espacio era nulo. Mientras miles -yo esperaría millones-, de personas alrededor del mundo sentíamos que se nos salía el corazón por la logística del despegue, ella avanzaba con una parsimonia envidiable.


Es lamentable observar cómo el ostracismo ajeno impide ver más allá del mundo doméstico. Yo estaba ahí, tratando de que el universo se contemplara a sí mismo a través de mi pantalla, con la esperanza de que las nuevas generaciones alcancen finalmente las estrellas. Sin embargo, lo más probable es que la vecina solo estuviera consultando el precio del mandado -recaudo-, leyendo el mensaje de algún galán, revisando algún chisme de la privada o de la farándula. Al final, el progreso de la humanidad siempre tiene que esperar a que alguien termine de ver su teléfono.


«¡Mi amor!.. ¿Cómo pongo una carita triste en esta cosa?»

Fotos: NASA

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