En julio de 1969, un señor pronunció unas palabras muy ensayadas sobre pasos pequeños y saltos grandes mientras pisaba el polvo lunar. Obviamente, la frase ya estaba escrita en alguna oficina de Houston para evitar improvisaciones lamentables. En aquel entonces yo tenía apenas un año de edad y mi única ocupación era existir sin estorbar demasiado en la economía familiar y no caerme de la cuna. Mi hermano, que ya contaba con cinco años y una capacidad de asombro reglamentaria, fue despertado por mi padre en la madrugada.


El objetivo era contemplar un dispositivo de rayos catódicos que emitía imágenes fantasmales en blanco y negro. Mi hermano estaba fascinado, aunque sus ojos también estaban completamente lleno de lagañas. Dice que se sentía como Astroboy, lo cual es una ambición comprensible para quien todavía no sabe lo que es un trámite burocrático o una deuda de juego. Yo hubiera querido tener la edad suficiente para compartir ese insomnio colectivo, pero lamentablemente me quedé en la cuna.


Hoy es primero de abril de 2026 y la situación es distinta, pero igualmente especial. Faltan escasas cuatro horas para el despegue del Artemis II. Existe una gran agitación en los periódicos y un nerviosismo generalizado que no ayuda a que el cohete suba más rápido. Dicen que la misión solo dará vueltas alrededor de la Luna sin tocarla, lo cual suena a una excursión turística inconclusa. Sin embargo, nos aseguran que las implicaciones para el futuro son mayores que las del primer alunizaje. Es posible; pero de momento, el único hecho verificable es que el tiempo no pasa, el café se está enfriando y me siento tan nervioso como si fuera un primer contacto.


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