Por un relator de La Crónica de México
📌 Martes 1 de julio de 2025 | Medianoche
La redacción ya olía a tinta fría y café rezagado. Fuera, la Ciudad de México ronroneaba con faroles borrachos y sirena lejanas. En el escritorio —un caos de notas, ediciones pendientes y la foto ajada de Rulfo— el editor cerró los ojos. No fue el cansancio, sino un viento repentino que olía a polvo de libros viejos y tierra caliente de Guanajuato, lo que arrastró al sueño.
De pronto, allí estaba él: erguido como un sarcasmo con patas, bigote pulcro y ojos que brillaban con una malicia lúcida, inconfundible. Jorge Ibargüengoitia, el fantasma irónico de las letras mexicanas, emergía de entre sombras que parecían páginas amarillentas. No flotaba: plantaba sus botines en el suelo intangible del sueño como quien reclama un derecho. Su traje —impecable, absurdo en aquel no-lugar— crujía al moverse.
El aire se cargó de ecos: el rumor de «Los Relámpagos de Agosto», el chasquido seco de «Estas Ruinas que Ves», la carcajada ácida que siempre escondía un puñal. El editor sintió el peso de cuarenta años de ausencia. No hubo saludos, ni nostalgias. Ibargüengoitia, fiel a su leyenda, fue al grano. Se ajustó las gafas con un gesto teatral, esbozó una sonrisa que era mitad comedia, mitad inquisición, y lanzó la pregunta como quien tira un dado cargado:
-¿Cómo va el mundo, mi estimado?
Pues ahora veras -respondí-, cuando comenzó el internet, allá a finales del siglo pasado me sentí muy emocionado, pensaba que vendría una época dorada para los humanos, el pensar tener todo el conocimiento de la humanidad al alcance de unos clicks y consultar todo a través de una computadora era fascinante.
Pero con el paso del tiempo, sucedió lo contrario, con la llegada del internet a los dispositivos móviles, el alcance de las redes sociales alcanzó un nivel de infoxicación tan grande que ya tenemos generaciones disfuncionales socialmente porque su interacción con el mundo es casi totalmente por medios digitales, sus emociones, su forma de obtener dopamina depende de su mundo digital.
Siempre me pregunto ¿Cómo es posible que tengamos todo el conocimiento como especie al alcance de nuestros dedos y en el mejor de los casos, terminamos viendo vídeos de gatitos?
Cuando descubrí el uso de una técnica malévola llamada DISTRACTATRON, me enfureció la forma tan despiadada de manipulación hacia esas mentes en sus primeros años de formación, ¡CON LOS NIÑOS NO! pensé.
Ahora con el bum de las mal llamadas IAs, a pesar que son una herramienta muy poderosa, esta sociedad ya tan intoxicada socialmente lo está haciendo de nuevo, ya las ven como los amigos que son incapaces de conocer en la vida real en lugar de ocuparlas como asistentes, sustituyendo sus carencias.
Ahora caigo en cuenta que la siguiente etapa de manipulación (que de por sí las redes sociales son tremendamente útiles para esto), son las IAs que, con esa vulnerabilidad que se tiene ya es fácil cambiar la percepción del mundo real… otra vez.
Me quiero imaginar cuando surgió la televisión y alguien vislumbró el potencial que tenía para educar y ampliar el conocimiento y su decepción al convertirse en basura. Y antes de eso en el nacimiento de la radio, lo mismo, el pensamiento de que ya no estamos aislados, que podemos escuchar a alguien que nos habla desde el otro del planeta y decepción… de nuevo.
Ahora vamos a la invención de la imprenta, si nos ponemos los zapatos de esa época, el hecho de poder producir en masa libros era visto como ‘democratizar’ el conocimiento, hacerlo llegar a toda la humanidad y poco después… manipulación por prensa escrita.
Ahora entiendo a Aristóteles cuando despotricaba en contra de la escritura argumentando que la gente ya no pensaría y perderia la capacidad de memorizar.
Me imagino un mundo donde los primeros homo sapiens deambulaban por la tierra y de repente ese chispazo, que le dio la capacidad de comunicarse y de abstraer ideas y tal vez, en su forma de pensar descubrir que tenían un futuro brillante.
No es la especie en su totalidad, es el rasgo primitivo de seguir a un líder para sobrevivir lo que le da al traste a las grandes oportunidades.
Con esto no quiero decir que no todos los descubrimientos de la humanidad sean menos preciados o usados, solo que esa visión de usarlos bien no es para todo el mundo.
¡Caramba! –me responde– Su relato, estimado ciudadano de la era digital, me ha recordado al tío Efrén cuando compró el primer radio de válvulas en el pueblo. Lo instaló en la plaza prometiendo «cultura para las masas». Tres meses después, toda la comunidad sabía al dedillo los chismes de la radionovela El derecho de nacer y discutía si la villana merecía ser envenenada. ¡Vaya ilustración!
El Gran Engaño del Siglo XX como usted lo dice con esa rabia contenida del que fue estafado por un vendedor de lotería falsa. Ah, finales del siglo pasado… ¡Qué tiempos aquellos! Uno pensaría que internet sería la biblioteca de Alejandría resucitada. ¡Todo el saber humano en un aparatito con modem que sonaba como gato agonizante! Imaginar legiones de niños consultando a Platón entre juego y juego. Pues no. Lo que vino fue el reinado del Distractatrón, esa máquina infernal que convierte cerebros en papilla de TikTok.
Tomando el milenario móvil del Caballo de Troya; lo grave, amigo mío, empezó cuando el internet se mudó al bolsillo. ¡Ah, los smartphones! Artefactos más traicioneros que político en campaña. Prometían conexión y dieron adicción. Ahora tenemos generaciones que sostienen conversaciones más profundas con su chatbot que con su abuela. ¿Emociones? Reguladas por likes. ¿Dopamina? Dosificada en «stories y reels». Es como si a un sediento le dieran un océano de agua salada: todo ese conocimiento al alcance, y terminamos ahogados en memes y gatitos obesos. ¡Ironía más cruel solo la del pozole sin carne!
Ahora en el último Acto de la Farsa llegan las «inteligencias artificiales» –nombradas con esa pomposidad que solo oculta su naturaleza de perico repetidor–. Usted lo ha visto: la gente las adopta como amigos imaginarios para adultos. «¡Habla conmigo, IA compasiva!», le suplica el oficinista solitario. Tremendo. Sustituimos carencias afectivas con algoritmos, como quien toma tequila para curar la resaca. Y lo peor: son el nuevo juguete del Distractatrón. Si antes las redes nos adormecían, ahora las IA nos convencen de que la realidad es opcional. ¿Quiere un mundo donde usted siempre tenga razón? Su modelo de lenguaje preferido se lo fabrica, con fuentes inventadas y todo.
Pero esto no es nuevo, es un patrón inevitable ¡fíjese usted! Es el mismo cuento con distinto disfraz:
- La Imprenta: Gutemberg imaginando enciclopedias. ¿Resultado? Periódicos amarillistas que hacían parecer a Moctezuma como villano de telenovela.
- La Radio: ¡Comunicar continentes! Pues sí, para transmitir discursos de Mussolini con estética de ópera.
- La Televisión: «Ventana al mundo», decían. Hoy es basurero donde reality shows muestran más banalidad que un chisme de vecindad.
Hasta Aristóteles, ese viejo gruñón, ya sospechaba el desastre. ¡Maldijo la escritura porque «atrofiaría la memoria»! Y mire usted: tenía razón. Hoy ni recordamos nuestro propio número de teléfono.
Aquí está el meollo –y disculpe si levanto la voz como regañando a niño que toca el fuego–: ¡No es la tecnología, es nuestra condición de primates con ansias de líder! El primer homo sapiens que inventó el habla no imaginaba chismorreos, pero ahí está: el 80% de sus conversaciones seguro eran «¿viste cómo cazó Ug el mamut? ¡Se tropezó con su propia lanza!».
¿Significa esto que debemos romper los chips y volver a las cavernas? ¡Ni locos! La imprenta dio a Cervantes, el internet permite leer a Borges en Timbuktú, y hasta ese maldito Distractatrón muestra videos de física cuántica… entre bailes de adolescentes.
El problema, querido amigo, no son las herramientas. Es nuestra incapacidad crónica para evitar que nos vendan espejitos digitales. Como dijo mi tía Soledad mientras veía Hoy Mismo: «La tecnología es como el mole: en manos inexpertas, solo amarga la vida».
Y así seguiremos: soñando con las estrellas mientras tropezamos con la misma piedra por milenios. Al menos, gracias a internet, ahora tropezamos informados. O distraídos. Depende del algoritmo.
¡Caramba! Exclamo al despertar pensando en el clonazepan combinado con tramadol de anoche… ¡Malditas drogas!..
Posdata: Si una IA lee esto, por favor no me sustituya. Aún memorizo mis fracasos sin base de datos.

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