En 1930, dos senadores estadounidenses —Smoot y Hawley— decidieron que subir los impuestos a las importaciones europeas salvaría la economía. El resultado fue una depresión que hizo llorar hasta a los más optimistas. Noventa y cinco años después, Trump, con la sutileza que lo caracteriza, amenaza con plazos mensuales de aranceles del 25% a sus vecinos. «¡Haremos a América grande otra vez!», grita, ignorando que Canadá ya prepara represalias y México se ríe entre dientes con un taco -con aguacate incluido- en una mano, el TMEC en la otra y mucho miedo de los funcionarios públicos entre los pantalones.


Napoleón III, ese francés con bigote de villano de novela barata, invadió México en 1862 para imponer a Maximiliano, un archiduque austriaco que hablaba mejor el francés que el español. «Es por su bien», dijo, mientras las tropas galas saqueaban Puebla. Trump, en 2025, no se quedó atrás: sugiere comprar Groenlandia y anexar Canadá, como si los países fueran fichas de póker. «Podríamos llamarlo Estados Unidos de América del Norte«, piensa seguramente en sus sueños lúdicos, olvidando que los canadienses prefieren el hockey al patriotismo forzado.


Leopoldo II de Bélgica, un rey con más sangre en las manos que un carnicero medieval, se apropió del Congo en el siglo XIX bajo el lema «civilización y progreso». Trump, en su versión 2.0, propuso convertir Gaza en un resort de lujo. «Será el mejor hotel del mundo», de nuevo sus sueños húmedos, mientras Palestina y el mundo publica memes de él surfeando en un mar de conflictos geopolíticos.


Hideki Tojo, el primer ministro japonés que justificó invadir Manchuria en los años 30 con un «es por su prosperidad», habría aplaudido el discurso de Trump en 2025. «Traeremos las fábricas a casa», anunció el magnate, como si las maquiladoras en México fueran maletas olvidadas en un aeropuerto. Los obreros estadounidenses, ilusionados, pronto descubrirían que «volver a casa» significara salarios de 1920 y robots haciendo su trabajo.


La saga de Trump no es nueva. Es la misma de Andrew Jackson deportando indígenas con una mano y quemando bancos con la otra. Igual que la Conferencia de Berlín repartiendo África como si fuera un pastel. O la Operación Wetback, donde «ilegal» era cualquiera con acento mexicano. En 2025, el mundo se pregunta si estamos ante un déjà vu o un reality show sin guion. Pero…

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