Imagínense esto; un dios que exige corazones humanos para salvar el mundo y un cártel que pide cadáveres para engrosar sus cuentas en efectivo. La historia de México, señores, es como un puesto de tacos; siempre hay algo hirviendo, y a veces te sirven carnitas con pelos en el gordito.
La violencia; del ritual sagrado al manual del buen esbirro
Los aztecas tenían una linda costumbre: agarraban a sus enemigos, los vestían de gala, les sacaban el corazón y lo ofrecían a Huitzilopochtli. Todo muy espiritual, eso sí. Decían que sin esos sacrificios, el sol se caía del cielo. ¡Como si el astro rey necesitara de un par de vísceras para seguir brillando! Pero bueno, así justificaban saquear pueblos y llenar su calendario de festividades sangrientas.
Ahora los cárteles hacen lo suyo, pero sin tanta pompa. En varios estados, por ejemplo, reclutan gente con promesas de trabajo y terminan enseñándoles a desollar rivales como si pelaran mangos. ¿Propósito? Controlar rutas, asustar a la competencia y el tráfico de personas en su mercado negro. Lo que antes era «alimento para los dioses» hoy es «combustible para las cuentas offshore«.
Antes mataban por fe, ahora matan por dinero y poder. La crueldad sigue en oferta, pero ya no aceptan ofrendas florales.
Los nuevos dioses, del altar al cartel
Huitzilopochtli era el jefe de los dioses aztecas. Exigía corazones frescos, pero al menos daba algo a cambio: un buen espectáculo en el Templo Mayor –en la perspectiva de la época– y la promesa de que el sol no se apagara. Un trato justo, si ignoras que los protagonistas siempre terminaban sin pulso.
Ahora los cárteles son los Huitzilopochtlis modernos, pero sin la etiqueta de «divinos«. Su religión es el dólar, sus templos son narcolaboratorios, y sus ritos incluyen balaceras en vez de danzas. Eso sí, ambos comparten el gusto por los mensajes dramáticos: los aztecas usaban códices, los narcos usan mantas con rimas cursis y faltas de ortografía.
Los dioses cambian, pero la lista de víctimas sigue creciendo.
Del miedo cósmico al miedo con WiFi
Los aztecas sacrificaban gente porque creían que, si no lo hacían, el universo se desmoronaba. O sea, el primer FOMO –del inglés fear of missing out, «temor a dejar pasar» o «temor a perderse algo»-, de la historia. Eso explica por qué sus guerras floridas eran como ir de compras: «Necesito 20 prisioneros para el ritual del martes, ¿oferta 2×1?«.
Hoy la crueldad es más pragmática. Desollar a alguien y tirarlo a los cerdos no es por fe, es por negocios. ¿Objetivos? Asustar a la competencia, callar testigos y subir videos a redes sociales para ganar seguidores y sembrar el terror. Hasta el horror es marca registrada.
Los aztecas al menos enterraban a sus víctimas. Hoy, los cuerpos los encuentran madres buscadoras intentando localizar a sus desaparecidos.
Futuros latentes ¿Sacrificios en HD o redención a medias?
- Opción 1: Los cárteles se vuelven el nuevo Estado, con leyes escritas en balas y alcaldes que juran lealtad al «Santo Jesús Malverde«. Bienvenidos a Mexistán, donde el himno nacional es un corrido tumbado.
- Opción 2: Trump manda drones con forma de águila real y nos «libera» como a Panamá en los 90. Eso sí, con souvenir: una playerita que diga «Yo sobreviví a la Operación México Lindo y lo único que obtuve fue este trauma».
- Opción 3: La gente se harta, quema narcomantas y exige paz. Pero como nadie sabe organizarse sin WhatsApp, todo termina en un grupo de memes y otro hashtag olvidado.
Un epílogo…con sabor a derrota
La moraleja es clara: México tiene el extraño don de reinventar su violencia. Antes era sagrada, hoy es viral. Lo único que no cambia es que, al final, los que pagan el pato somos los mismos; los que creemos que mañana será mejor, mientras hoy escondemos la cartera y rezamos por señal de celular. Y así, entre sacrificios antiguos y ejecuciones en vivo, seguimos diciendo que esto es «El Precio de la Historia«. Como si la historia no fuera otra farsa que nos cobra entrada.
Imagen de portada: AriaIA
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