Jackson no era de esos políticos que se pierden en discursos. Él actuaba. Primero, le declaró la guerra al Banco Nacional, una institución que, según él, era «un nido de víboras aristocráticas». Lo curioso es que el Banco Nacional, fundado por Hamilton, tenía más amigos que enemigos. Pero Jackson, terco como mula en bajada, lo eliminó. «¡El pueblo me eligió, no a los banqueros!», gritó en un discurso, como si el pueblo entendiera de finanzas.


En 1832, Jackson decidió que lo mejor para unir a Estados Unidos era dividirlo. Firmó una ley de aranceles que subía los impuestos a las importaciones europeas. Los sureños, que compraban telas inglesas más baratas que un sombrero usado, se indignaron. Carolina del Sur amenazó con separarse de la Unión. «¡Es la tiranía!», clamaron, olvidando que ellos mismos eran tiranos de sus esclavos.

Jackson, que no era hombre de medias tintas, envió barcos de guerra a Charleston. «Si se separan, los hundo en el mar», prometió. Al final, Carolina del Sur se quedó donde estaba, pero con un rencor que duró décadas. Los periódicos de la época lo llamaron «La Crisis de la Nulificación». Yo lo llamo: «El día que un general casi inicia una guerra civil por un rollo de tela».


Pero la obra maestra de Jackson fue la «Remoción India». En 1830, decretó que todas las tribus al este del Mississippi debían mudarse al oeste. ¿La razón? «Para su propio bien», dijo, como si arrancar a alguien de su tierra fuera una forma de medicina preventiva.

Los cherokee, que habían adoptado la Constitución estadounidense, creyeron que las leyes los protegerían. Error. Jackson envió al ejército. Miles murieron en el camino; los sobrevivientes lo llamaron Nunna daul Tsuny: «El Sendero de las Lágrimas». Jackson, mientras tanto, se jactaba en una cena: «Los salvajes ya no serán un obstáculo para nuestra gran civilización». Dicho mientras se comía un pavo con cubiertos de plata robados a los británicos.


Cuando Jackson dejó la presidencia en 1837, Estados Unidos estaba en quiebra. El oro y la plata reemplazaron al papel moneda, los precios se desplomaron, y los mismos agricultores que lo habían apoyado perdieron sus tierras. Pero él, orgulloso hasta el final, dijo: «Maté al Banco, salvé la República».

Los indios, por su parte, siguieron llorando. Y el Sendero de las Lágrimas se convirtió en una mancha que ni el Mississippi, con toda su agua, pudo limpiar.


El General que llevamos dentro

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