En San Cristóbal de las Casas estábamos en una mesa junto a la ventana de un restaurante. Se acercó un niño indígena a suplicarnos ayuda y nos dijo que tenía hambre.
Por: Antonio Costa Gómez
Le dije que se llevara la comida de mi plato. Era un niño concreto y vivo de ahora mismo que tenía ojos para mirar y ponía su espíritu vivo en sus ojos. Los dueños del restaurante nos miraron muy mal. Pero a mí me convencía más aquel niño que estaba vivo y quería vivir. Ese niño necesitaba una solución ahora mismo y no retóricas sobre la España de hace quinientos años ni discursos rimbombantes.
Después de las rebeliones zapatistas la cosa sigue igual para los indígenas en Chiapas. La belleza increíble de San Cristóbal de las Casas, que emocionó a Graham Greene, no me eximía de ver la miseria. Los gobiernos no les han resuelto nada y solo les ofrecen frases y discursos. Son personas vivas de ahora, pero se convierten en entes abstractos para los discursos y las retóricas. Lo que quería evitar precisamente Jaime Sabines con su poesía pegada a la vida concreta que eliminaba todas las palabrerías y las zarandajas.
Toda la obra de Dostoievski es una lucha de lo concreto vivo contra lo abstracto muerto. De la vida candente contra las fórmulas y las filosofías. En “Crimen y castigo” Raskolnikov inventa filosofías para justificar que matara a una anciana prestamista, pero al final se da cuenta de que la anciana, aunque mezquina y miserable de espíritu, era un ser humano vivo e insustituible. Y sobre todo se lo hace ver Sonia su novia cuando van en el tren de camino a Siberia. En “Memorias del subsuelo” al protagonista le importan un pimiento las fórmulas abstractas, no le resuelve nada que dos y dos sean cuatro, lo que quiere es defender su vida concreta y única, la angustia inclasificable. Y ese latido que reconoce su amante más allá de sus propias palabras.
El propio Dostoievski soltó retóricas sobre la grandeza de Rusia y sobre lo demoníaco de los países occidentales. Pero luego en sus novelas captó como nadie la vida hirviente, en sus borrachos que se confiesan en las tabernas, o en esos hermanos Karamazov que palpitan y se descubren en su palpitación. O en sus criminales contradictorios o en esa vida informulable que vive en la contradicción, como luego desarrollarían Chestov y los existencialistas. O en esos seres latiendo de espíritu que inspiran una rebeldía de lo concreto como la que propiciaría Albert Camus. Ya en “Humillados y ofendidos” presentó seres desgarrados de una personalidad chispeante, aunque no encajaran en las abstracciones ideológicas donde quería encajarlo Bielinski.
También en México hace falta esa defensa de lo concreto y vivo y su gran literatura lo ha hecho. Carlos Fuentes mostró la interioridad de ese Artemio Cruz aplastante que se muere, retrató de un modo lírico y musical, casi como tocando a Chopin, a ese Gringo viejo que vaga por México. Juan Rulfo hizo concretos y únicos incluso a los muertos, y nos puso a Pedro Páramo el dictador y explotador con un fondo de soledad en su amor fracasado por Susana San Juan. Y mostró el chispear de la vida en los rincones más zafios en ese cuento “Diles que no me maten”.
Pero sobre todo Ramón López Velarde en “Suave Patria” nos mostró que la patria no son los discursos abstractos y las retóricas, sino que es algo cálido y vivo, es la mujer que va con el pan caliente por la calle, es su prima que se viste para la primera comunión, son las orquestas de pueblo y los vestidos de los domingos. Esa suave patria es la que tendría que atender el Presidente en lugar de soltar discursos grandilocuentes y hablar de la España de hace quinientos años echando balones fuera. Sobre todo para mantenerse en el poder, los discursos siempre fueron muy útiles para eso. Son personas candentes de ahora, frustradas y tan vivas, las que necesitan una mirada concreta.
Me asombraba México. El ejército patrullaba las estaciones de autobuses, pero no impedía las matanzas de mujeres y de periodistas. O los secuestros y asesinatos de estudiantes. Las Letras no son Libres cuando ni siquiera pueden trazarse en público. La libertad no puede consistir en que los matones maten libremente a quien quieran sin que el estado intervenga. En el México actual da la sensación de que ni siquiera hay estado, o es una mafia más. El Estado debería defender la libertad y la vida de cada persona. Y una vida digna, que puede decir “no”, como indicaba Albert Camus. Y su derecho a hablar y escribir. No debería consistir en discursos abstractos y en partidos revolucionarios e institucionales (qué expresión tan chusca) que mandan durante cien años. Pero desde la Antigüedad romana y griega /lean Historia, coño) los tiranos se han apoyado en las masas y en el pueblo abstracto para sostener su poder. Y en Estados Unidos lo mostró Robert Rossen en “Todos los hombres del rey”.
Aquel niño de San Cristóbal de las Casas necesitaba una mirada concreta y no discursos abstractos. Necesitaba que alguien con la sensibilidad desgarrada y dramática de Dostoievski lo viese latir y desear seguir vivo. Decía el filósofo Spinoza y lo recordaba Unamuno: “todo ser se esfuerza por perseverar en su ser”. Y en ese momento el filósofo tan abstracto que pulía cristales en Holanda se mostraba muy concreto y muy lúcido. Pero el Presidente haría bien en leer a Dostoievski y aterrizar en el México polvoriento desde las tribunas de sus discursos. Y leer a sus propios escritores. Que le dicen que mire su “suave patria” candente y melancólica. Que sigue pidiendo atención y no retóricas. Como en aquella película de Monty Piton en que llega un grupo político al Gólgota y en lugar de liberar a los crucificados lee un comunicado de protesta. Y el Presidente solo usa micrófonos. Pero no entra en las tabernas y en los cuartos miserables como un Dostoievski en México.
Image by S. Hermann / F. Richter from Pixabay
Este artículo apareció originalmente en el portal de Diario Digital y se volvió a publicar bajo una licencia (CC BY-SA 3.0)
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