Napoleón III, ese francés de bigote retorcido y ambiciones más largas que el Sena, habría sido el influencer perfecto del siglo XIX. En 1862, decidió que México necesitaba un emperador austriaco, Maximiliano, para «modernizarlo». Dos siglos después, Donald Trump, con el mismo entusiasmo de un niño rompiendo piñatas, declaró que Groenlandia sería un «excelente parque temático para esquiar», realmente quiere comprar la isla justificándolo con que es asunto de seguridad nacional y amenaza con anexar Canadá y «recuperar» el Canal de Panáma. Ambos personajes, separados por el tiempo pero unidos por el manual del «intervencionismo creativo».

Mientras Napoleón enviaba tropas a Veracruz, Trump envía tweets (o «exs», «egs» o como se les nombre ahora) a las 3 AM -en sus sueños lúdicos por supuesto-: «Si México no paga el muro, les quitamos el Golfo… digo, ¡el acuerdo comercial!».


Napoleón III creía que el libre mercado era como un buen queso brie: solo para franceses. Firmó acuerdos bilaterales para inundar Europa de sus productos, mientras bloqueaba los de otros. Trump, en 2025, hace lo mismo, pero con aranceles del 25% y menos elegancia. «¡México y Canadá nos roban empleos!», grita constantemente, ignorando que muchas empresas y consumidores estadounidenses dependen de sus autopartes y aguacates. Napoleón habría suscrito: «¿Por qué debatir cuando puedes imponer?».


Napoleón III era un mago de los referendos falsos. «¿Aprueban mi invasión a México?», preguntó, y el 99% votó … aunque nadie vio las urnas. Trump, en su versión 2.0, usa su propia red social o la manipulación de X, la plataforma propiedad de su cómplice, para validar sus ocurrencias: «Estoy seguro que el 85% de mis seguidores quiere que compremos Groenlandia. ¡Es un mandato popular!», no nos impresione que en algún momento en serio lo diga. Ambos comparten un lema: «Si la realidad no coopera, invéntala».


En 1867, Maximiliano fue fusilado en Querétaro, y en 1873 Napoleón III falleció exiliado, llorando sus glorias, en Inglaterra. En algunos años, Trump podría ver, desde una habitación acolchada, cómo China bloquea exportaciones de tierras raras, Canadá cierra su frontera a camiones estadounidenses, y su «Resort en Gaza» solo existe en renders de Photoshop. Cavilando; «Nadie sabía que la geopolítica era tan complicada», mientras firma -con una pluma imaginaria-, una orden ejecutiva para rebautizar el planeta Tierra como «Planeta Trump» y consolidar un acuerdo de libre comercio con Marte, gobernado por Elon Musk.


Napoleón III y Trump son primos lejanos en el árbol genealógico de la arrogancia. Uno creyó que México necesitaba un emperador europeo; el otro, que el mundo necesita «más Trump».

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