Imagínense esto: un imperio que se cae a pedazos, un líder que promete el paraíso y una multitud que aplaude mientras le prenden fuego al país. No hablo de Tenochtitlán en 1521, sino del México de hoy. Pero, ¡qué digo!, al final, la historia es como un guion de telenovela que repiten cada siglo con distintos actores.
Cuando los dioses (y los discursos) justifican todo
Decían que Huitzilopochtli les había ordenado fundar México-Tenochtitlán porque un águila se comió una serpiente en un islote. Claro, como si a un dios le importara un bledo dónde ponen su mercado. Pero así justificaron saquear mesoamérica y sacarle el corazón a la gente. Religión y poder, vaya combinación.
El tlatoani del siglo XXI, llegó con su cuento de «la cuarta transformación«. Prometió barrer a la «mafia del poder«, que, para variar, resultó ser todo aquel que no le aplaudiera. Usa símbolos indígenas como si fueran adornos de feria: el Tren Maya, por ejemplo, es como esos tamales que venden en las pirámides: más para el turista que para los locales.
Ambos le vendieron espejitos a la gente. Los aztecas con dioses, morena con eslóganes. Al final, el que cree, termina pagando el pato.
El arte de dominar sin que se note (mucho)
Los aztecas empezaron como mercenarios, haciendo favores a reinos vecinos. Luego, cuando tuvieron el sartén por el mango, les cobraban tributo en maíz, oro y, de vez en cuando, un par de hijos para sacrificar. Las guerras floridas eran su manera de decir: «No es personal, es ritual«.
En su versión moderna ganaron las elecciones y, acto seguido, se pusieron a desmantelar instituciones como si fueran piñatas. ¿Transparencia? Qué va, mejor controlar los tres poderes. ¿Y los programas sociales? Pura caridad con fondos públicos –disfrazada de buenas intenciones-: dádivas a madres solteras, jóvenes sin oficio ni beneficio, ancianos y un etcétera como se les vaya ocurriendo, que luego votan como les dicen, no vaya a ser que les corten el «apoyo«.
Para dominar, unos usaban sacrificios, otros usan tarjetas de débito. Lo importante es que la gente crea que le están haciendo un favor.
Cuando el palacio se hunde (y todos aplauden)
Los reinos vecinos hartos de la opresión se aliaron con Cortés, los aztecas terminaron mal. Total, los extranjeros llegaron con cañones y los aztecas, en vez de huir, seguían sacando corazones como si eso los salvara.
Hoy tenemos el Tren Maya, que avanza más lento que un burro cargado de ladrillos, y la refinería de Dos Bocas, que contamina poco más que un chicle pegado en el pavimento. Y ni hablar de los cárteles: según los gringos, hasta los políticos tienen más nexos con el narco que un médico con el alcohol
Todo imperio cree que es eterno, hasta que un día descubre que ni los dioses ni los votos salvan del derrumbe.
El extranjero siempre llega con palomitas
Los castellanos no vinieron solos. Trajeron armas, viruela y jalaron un montón de indígenas hartos de pagar tributo. Los aztecas, en su arrogancia, ni se inmutaron. Hasta que les quemaron los templos.
Ahora los gringos, con Trump de nuevo en la presidencia, amenazan con aranceles, sanciones y hasta con mandar marines. Y eso que morena juró que México ya no sería el patio trasero de nadie. Pero, ¡ay!, cuando el vecino te pisa los callos, hasta el más patriota tiembla.
La soberbia nacionalista funciona hasta que alguien pide factura.
El Futuro: ¿Otro capítulo de la misma novela?
- Opción 1: Morena se queda hasta el 2030, AMLO se reelige como emperador y todos vivimos felices comiendo tortillas subsidiadas… hasta que estalle la próxima revuelta.
- Opción 2: Trump manda drones a limpiar el narco y de paso nos convierte en un estado asociado. ¡Bienvenidos a México, territorio libre y democrático… del Golfo de América!
- Opción 3: El país se desmorona entre corrupción y balaceras, y morena se hunde como el imperio de Moctezuma. Eso sí, con todo y banda tocando Cielito Lindo o algún corrido tumbado.
- Opción 4: La gente despierta, hace una alianza con extraterrestres y exige cambios. Bueno, igual que con los tlaxcaltecas, pero con WiFi.
Epílogo (por si alguien aún cree en finales felices)
La historia mexicana es un loop: líderes mesiánicos, promesas grandiosas y un desenlace donde todos terminamos pagando los platos rotos. Los aztecas tenían sacrificios; nosotros, redes sociales. Al final, como diría un cronista de esos tiempos: «Aquí no hay héroe que valga, solo malos actores repitiendo el mismo guion». Y eso, mi buen, es lo que llamamos patria.
Imagen de portada: AriaIA
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